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Últimamente este mi querido país antípoda ha ocupado las primeras planas de los periódicos mundiales por su política de línea dura con los inmigrantes ilegales. Se habla mucho del aislamiento del país y de sus ideas, de su pasado como colonia penal inglesa y condición de heredero de un conservadurismo rancio. Pero, por otro lado, no se lo puede entender sin tener en cuenta el antimonarquismo y antiprotestantismo de los obreros de origen irlandés, y la gran inmigración de la posguerra cuando Australia dejaba de ser, definitivamente, blanca. Lo importante es que hasta ahora ha habido espacio y recursos suficientes para que todos vivan bien, con lo cual se integran muchas razas, culturas y puntos de vista sin grandes roces ni conflictos. No es que no existan problemas, pero fundamentalmente, hay un centro lo suficientemente amplio para que allí se encuentren y pongan más o menos de acuerdo personas de derechas y de izquierdas.

Ahora, si no llegamos a las manos hay que reconocer que los debates y discusiones políticas son brutales, y abundan insultos y descalificaciones, si bien es verdad que, sobre todo en los últimos años, no se aprecia mucha diferencia entre los dos partidos principales en lo que a sus políticas económicas y sociales se refiere. Por un lado, hay el Partido Laborista, que tiene sus origenes en el sindicalismo pero ahora es dominio de personas de clase media-alta, socialmente progresistas y con estudios universitarios; por otro hay la coalición conservadora entre el Partido Nacional, que representa los intereses de los agricultores y ganaderos, y el Partido Liberal – entiéndase el adjetivo en su sentido decimonónico, es decir de injerencia mínima del estado en el funcionamiento del mercado - cuyos miembros suelen ser abogados y empresarios provenientes de las viejas y privilegiadas familias protestantes.

De modo que diferencias las hay, pero se diría que cualquier tendencia al extremismo se ve moderada por un acuerdo tácito y común de no hacer peligrar un bienestar material todavía extendido y de alto nivel; efectivamente, no ha habido guerras civiles y en toda la historia moderna del país sólo ocurrió un caso de asesinato político – en Sidney en los ’90 - , y ese a causa de ambición personal, no discrepancias ideológicas.

Pero, Australia es un país grande, y si no hay extremismos existen idiosincrasias que se ven exacerbadas, parece, cuanto más se aleja uno de los grandes centros cosmopolitas como Sidney y Melbourne; o de la capital Canberra, que con sabiduría salomónica fue construida tras la federación (1901) entre las dos urbes ya citadas, para servir de sede del nuevo gobierno nacional.

Se dice, por ejemplo, que Perth, capital de Australia Occidental, es la ciudad más aislada del mundo, separada de las más cercanas – Adelaida, Darwin, Yakarta, Johannesburgo – por varios miles de kilómetros. Este lejano oeste y la fauna que alberga es el tema que ocupaba en 1995 al columnista Mike Carlton, quien escribía entonces, como ahora, para el Sydney Morning Herald. Un hombre culto y con gran capacidad de expresión, Carlton es un observador acerbo y sin pelos en la lengua, así que os dejo en sus manos para que os informe acerca de las alturas que alcanzan algunos de nuestros representantes parlamentarios.

Como postre, Carlton se despacha a gusto con los franceses en ocasión de las pruebas nucleares que realizaban tan despreocupadamente por el Pacífico en aquellas fechas, motivo de un follón diplomático y la retirada del emabajador francés. 10 años antes, en un puerto de Nueva Zelanda, había ocurrido el sabotaje por agentes franceses del barco de Greenpeace Rainbow Warrior, que resultó en su hundimiento y la muerte de uno de los tripulantes. De modo que las <<idiosincrasias>> no son necesariamente producto del aislamiento, ¿n’cest pas?

V. Stevenson, julio 2002

Mike Carlton - 1995

FALTAN TORNILLOS EN EL OESTE

ECONOZCO QUE es fácil darle de patadas a un hombre que está en el suelo, pero hay circunstancias en las que casi nos pesa como una obligación. Confío, por tanto, en la comprensión de Uds. si hoy comienzo esta columna hincando la bota dura y repetidamente en la odiosa figura del Senador Noel Crighton-Browne.

Nadie ha podido explicarme cómo este repelente imbécil haya alcanzado las alturas privilegiadas del Partido Liberal, mucho menos la vicepresidencia del Senado. No hay ningún logro legislativo ni parlamentario que señale su paso por Canberra; su único discurso en el Senado provisto de algún interés fue su patética mea culpa de hace unos meses, cuando confesó haber golpeado a su mujer.

Únicamente en el aislamiento primitivo del Partido Liberal de Australia Occidental pudiera presumir de tanto poder y provocar tanto miedo un gamberro con guión como Crighton-Browne, cuyo camino a la cumbre está sembrado de los cadáveres de sus oponentes políticos, apuñalados todos por la espalda.

Felizmente, parece que ahora es su propia carrera la que agoniza in extremis. Hace poco, en Perth, saliendo triunfante de otra sangrienta elección interna del partido y con su absurdo remolino de pelo colgando sobre su cara de suficiencia, Crighton-Browne informó a una periodista de que si tomaba nota de cómo él había votado, se la <<cepillaría hasta que se le cayeran las tetas>>. Por lo visto, la intrépida reportera tomó esta vulgaridad como una más de las sorpresas que da la vida y no se molestó en comunicarla a su periódico: sólo se armó la gorda cuando éste que lee usted recogió la noticia el día siguiente.

Parece que ahora, asqueados, hasta los amigotes más fieles de Crighton-Browne le han abandonado, y es razonable suponer que le queda poco tiempo más en el que manchar el prestigio de su partido, por no decir del Parlamento, con su vergonzosa presencia.

Pero, ¿se puede saber qué pasa en Australia Occidental? ¿Están todos locos allí? Esta semana hemos tenido el espectáculo asombroso ofrecido por el liberalista Graeme Campbell, quien se lució ante una organización tan antisemita y anti inmigración como es la Liga para los Derechos, propinando ocurrencias alegres acerca de un funeral estatal para su propio y aún muy vivo Primer Ministro. Y luego hay la laborista Carmen Miranda (o Lawrence, o comoquiera que se apellide), y el cada vez más desagradable asunto de las acusaciones falsas cuyo nefasto desenlace ha sido el suicidio de la mujer contra quien iban dirigidas. Tal vez sea algo que pongan en el agua. Repito mi llamada para la secesión de Australia Occidental de la Federación antes de que se agrave nuestra condición de hazmerreír internacional.

 

L QUE fuera hace poco Embajador Francés y Enviado Plenipotenciario de la República, S.E. Dominique Girard, parece haber sido un tipo bastante simpático.

No es nada fácil mantener la sang froid (con perdón) cuando te asaltan manadas de salvajes en trajes elegantes haciéndose pasar por periodistas televisivos, pero el embajador lo consiguió al despedirse en el aeropuerto de Sydney. <<¿Estamos en guerra? No lo creo>>, dijo ingeniosamente. Cualquier periodista con unos conocimientos rudimentarios de los clásicos podría haber lanzado una pulla o dos de Enrique V - <<pelotas de tenis>> o <<nos alegramos de que el Delfín esté con nosotros>>, etc. - pero nanay. En los tiempos que corren la mayoría de los reporteros televisivos están allí por su cara bonita; les cuelgan una corbata chillona y les enseñan a pavonearse delante de accidentes de carretera, y para de contar.

Más fascinante todavía es el oficial encargado de las pruebas nucleares que están realizando los franceses en el atolón de Mururoa, un tal Jean Lichere, quien el otro día anunció que el deseo de Francia era el de construir una bomba atómica <<más agradable>>. ¡¿Una qué?! Quizás fuera cosa de la traducción, pero uno se queda boquiabierto. Un compañero de mi programa radiofónico ha querido interpretarlo como referencia a una gama de ojivas nucleares en la forma de multicolores personajes de Disney, divertidas en la bañera y no peligrosas para los niños, pero a mí la propuesta no suena lo suficientemente gala. No, una bomba más agradable tendría que ser algo que representara todo lo mejor de la historia, arte, y cultura francesas, la destilación de la misma alma de la República; en fin, no puede ser menos que un manjar.

Exquisitez producto de la esmerada elaboración artesanal, se siembra en una soleada ladera borgoñona donde campesinos robustos la cultivan con amor. Ya madura, se recoge cuando aún brilla del rocío matinal, y antes de alcanzar el sol su cénit se vende en una típica y adoquinada plaza al estimado físico M. Mierdaud, artificiero de tres estrellas.

Maravillados, los aprendices se apiñan alrededor de la salsera de reluciente cobre y observan como hace el maestro su magia: una pizca de ajo, un chorrito de coñac, una espuma de huevos de Normandía bien batidos y, ¡voila! heme aquí une bombe plus agréable con su guarnición de trufas, acurrucada sobre la vajilla dorada de Limoges que encargó Napoleón para Josephine de Beauharnais.

Artículo publicado originalmente en The Sydney Morning Herald, 1995

Traducción © V. Stevenson 1995, 2002.