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Lo realmente curioso de este «ensayo», donde el poeta galés Dylan Thomas (1914-1953) se ensaña con todo el que tenga alguna pretensión poética, no es la virulencia del ataque, sino la similitud que guardan algunos de los elementos ficticios con los de su propia vida. Efectivamente, Thomas era un chico de provincias (Gales se encuentra lejos, cultural y geográficamente, de los centros artísticos del Reino Unido) quien tras publicar su primer volumen de poemas, fue a trabajar con la BBC. Muy aficionado a las juergas y la bebida, tuvo una personalidad a la que nadie pudo ser indiferente: se le amaba o se le odiaba. El conocido historiador inglés A.J.P. Taylor le calificó como una persona «deleznable, al que los hombres prodigaban su dinero, y las mujeres sus cuerpos, y que tomaba todo lo que se le ofrecía sin la menor expresión de agradecimiento, pues disfrutaba humillando a los demás».

Los defectos de su personalidad no quitan nada, por supuesto, a sus méritos como poeta –es, sencillamente, uno de los mejores de lengua inglesa-  pero en el cinismo y desprecio que rezuma este ensayo es posible intuir esa desesperada desilusión que le impulsaba hacia los fondos del alcoholismo y la autodestrucción.

La tesis que maneja aquí, si miramos más allá del sarcasmo, es que el poeta no se hace, sino nace, y siempre estará condenado a sufrir por su arte: el éxito comercial y crítico están vedados al verdadero artista. Si bien esta creencia no carece ni de validez y ni de cierta justificación para los jóvenes, al servirles como medio para la consecución de determinados fines artísticos, en un hombre maduro provoca un gran conflicto con otras necesidades que, si no tan nobles, son igualmente vitales. O sea, lo que en una etapa de la vida actúa como acicate, en otra posterior se puede convertir en lastre, y sobrevivir viene a significar traición.

No obstante los inconvenientes, cada nueva generación –exceptuando, quizás, la actual- parece aceptar que la sensibilidad artística y el dinero son incompatibles.  Este idealismo juvenil alcanzó su mayor grado de expresión con el hipismo de los años 60, una década después de la muerte de Thomas - quien, fiel a sus principios, murió de una intoxicación etílica mientras estaba de gira en Nueva York-.  Pues bien, en vida Thomas gozó de una gran celebridad en Estados Unidos, tanto que allá por finales de los años 50, a un joven cantante de origen judío, Robert («Bob») Zimmerman, se le ocurrió ponerse Dylan como sobrenombre artístico. Felizmente, a lo largo de treinta años, Bob Dylan ha podido evitar que los laureles le pesen tanto como hicieron en su día a Thomas.

©V. Stevenson 2002.

Dylan Thomas:

Cómo ser poeta.

Título inglés: How to be a poet. Publicado originalmente en la revista literaria inglesa Circus (1950), y recogido en la antología A Prospect of the Sea. (Londres: Dent, 1955, 1972)

 

Un Director de Revista, en un momentáneo exceso de confianza, me ha invitado a que me explaye sobre este tema.

Imagínense ustedes todos los temas apasionantes que podría haberme ofrecido: el desarrollo de la escena de seducción en Watts-Dunton[1]; Charles Morgan[2]: mi personaje favorito en su ficción; el señor T.S. Eliot y la Crisis del Dólar; o, quizás, la influencia de Laurel sobre Hardy, y de Hardy sobre Laurel[3]. Sólo puedo hacerme eco del lamento de Fowler, el del diccionario usual del inglés, con su «qué palabras no emplearía, si sobre tales temas me dejaran discurrir». Pero de eso nada, de modo que poeta, a tus zapatos, como reza más o menos el refrán.

Déjenme aclarar, ya de entrada, que en éstas mis supuestamente informativas observaciones, no pienso hablar de la Poesía como Arte u Oficio - expresión rítmica y verbal de una necesidad o impulso creativos -, sino como de un medio para un fin social. Es decir: para la consecución de un estatus social lo suficientemente alto como para permitirle al poeta que purgue y elimine de su personalidad todas aquellas afectaciones del habla, vestimentas y modales que tan esenciales eran durante la primera fase de su carrera; de unos ingresos lo suficientemente generosos como para poder cubrir las exigencias materiales – a menos que haya caído víctima ya al Mal del Poeta, o sea a ese furúnculo que mejor se conoce por su nombre vulgar de Londres[4]; y de una garantía permanente contra la necesidad de volver a escribir jamás una sola palabra. No pienso discutir, ni mucho menos resolver, esa cuestión de que si es buena o no la Poesía, sino plantear otra bien distinta: si de la Poesía puede hacerse o no un negocio.

Por tanto, para empezar, quisiera darles a conocer –junto con tales observaciones que sean oportunas- a algunas de las subclases del género poeta que han saboreado las mieles del éxito económico y social.

Primero, aunque no en orden de importancia, tenemos al poeta calificado como «lírico» y cuya profesión de funcionario público le ha garantizado un acomodado aprendizaje. Físicamente, se le puede clasificar según sus dos manifestaciones esenciales: en la primera, es flacucho –por no decir chupado- con labios tan carnosos y seductores como la cloaca de una gallina; es calvo de nacimiento, con los ojos pequeños y enrojecidos de haber leído demasiados libros en francés (lengua que no entiende) en una buhardilla provincial durante sus años de repelente mocedad; tiene transparentes las narices y grisáceo el aliento, y su voz suena como uñas de ratón sobre papel de estaño. En la segunda, es papudo y de barbas pobladas, gasta pipa tipo Sherlock Holmes y se le atasca la nariz con briznas de tabaco; sus ojos alucinados dan fe del número y calidad de las cervecerías del condado de Sussex, mientras que su chaqueta tweed está llena de abrojos y huele a los perros que él tanto detesta -si bien su propia voz es como la de un Airedale que haya estudiado logopedia en un curso a distancia-; y huelga decir que es un íntimo de Chesterton, no obstante el inconveniente de no haberle nunca conocido.

 

Vayamos a ver en qué manera nuestro hombre ha llegado a su actual y envidiable posición de Poeta que vive de la Poesía.

Entró por casualidad en el funcionariado a una edad en la que muchos de nuestros jóvenes poetas se hacen a la BBC como antiguamente los muchachos se hacían a la mar[5], y al principio se pierde de vista bajo una montaña de papeleos burocráticos; a este período le quitará posteriormente toda importancia, dedicándole solamente un parrafito en su autobiografía (título posible: estación de estanterías), escrito con sonrisa sutilmente irónica y torcida.

Tras unos años, empieza a sacar el morrito fuera del hábitat de carpetas y archivos en el que siempre ha transcurrido su ordenada vida de roedor, y va recogiendo acá una miguita, allá una caquita, entre sus dedos manchados de tinta. Tiene la vista de un lince: cuando la ocasión expone su reluciente calva es capaz de avistarla a leguas; de modo que poco tarda en enterarse de que la publicación de un poema en una revista departamental le permite a uno que vaya conquistando, si no puestos, por lo menos algunas amistades. Y entonces escribe un poema.

Va, por supuesto, sobre la Naturaleza; confiesa un deseo de escaparse del mundanal ruido y volcarse en la ruda vida del campesino; su deseo es levantarse (sin escándalos) con los pajaritos; está convencido de que es el arado, y no la pluma, en lo que mejor podrá emplear sus parcas fuerzas. Un decoroso panteísta, se siente uno con el arroyito, que tan bien rima con molinito; con la lechera de rollizas posaderas y el mofletudo capador; con zagales y cerdos, con los chorlitos y las chiribitas. Sus poemas traen el olor del campo como si de las mismas axilas de Triptólemo[6] se tratara: los prados, las flores, los graneros, los establos, el heno, y, sobre todo, las boñigas.

El poema se publica. Tendrán que conformarse con tan sólo un fragmento de esta obra lírica, de la que les cito el comienzo:

 

El fragor de la calle se calla

¡O, aguzad el oído!

Un pájaro con su ala

las telarañas del tiempo ha barrido

 

Quieto, quieto como la muerte pesa

El aire sobre las piedras tan grises

Y por encima de la vía pública

Me llegan - ¡notas dulces!

 

Un mirlo su pico abre

-¡de veras sí, un mirlo!

Para colmar con melodía alegre

El plomizo y londinense cielo

 

Al poco de publicarse el poema, le saluda con un gesto de cabeza uno de Hacienda; es Hotchkiss, otro poeta de fin de semana que ha editado ya dos pequeños volúmenes y ostenta dos líneas en el Quién es Quién -¿o será quizás el Almanaque Newbolt’s?-. Está casado con una mujer que muestra una ambición tan desmesurada como su escote, pese a su condición de triste perdedora de la batalla contra el sobrepeso, y es dueño de un pequeño coche que siempre parece encaminarse, como por sí solo, a Sussex (como ocurría antaño con el caballo del párroco, cuya querencia siempre le llevaría trotando a la taberna comarcal). De un tiempo para acá viene elaborando una pequeña monografía sobre la labor que realizó Blunden en pro de los setos tradicionales.

Un día, Hotchkiss, mientras almuerza con un colega de Aduana, comenta: «hay un tipo bastante prometedor en su departamento, Sowerby. Ese muchacho Cribbe[7]. He estado leyendo una cosita suya: Le deseo al zarapito. Merece la pena».  Y como el mismo Sowerby es una pequeña eminencia literaria, con una columna semanal en la revista Ecos elisios y cuyo nombre figura en la directiva del Club quincenal de obras maestras (rebajas generosas para los escritores,  además de las obras completas de Mary Webb con un 75% de descuento como oferta navideña) el nombre de Cribbe empieza a escucharse en bocas de este triste y fétido círculo poético.

Así, recibe una invitación de contribuir una suite de poemas a Gaitas matutinas, la antología que prepara Hotchkiss, que recibe los elogios de Sowerby («un don indiscutible para la copla evocadora») en Ecos elisios. Cribbe, humildemente, decide obsequiar ejemplares de dicha antología, cada uno laboriosamente dedicado «al más importante poeta vivo que escriba en lengua inglesa, en homenaje», a una veintena de los más torpes poetastros que aún dan débiles señales de respiración. Sir Thomas Knight, entre generoso y perplejo, le dedica a su vez unos valiosos momentos para escribirle una notita sobre papel con membrete de imponente blasón -sustraído durante una primera y única visita de fin de semana a la casa de campo de un lord miope, pero no tan miope como aparentaba-. «Estimado señor Crabbe», empieza Sir Tom, «le agradezco su pequeña muestra de aprecio. Su poema, Nocturno con lirios, recuerda al mismísimo Shanks. Adelante, adelante: aún queda sitio en el Parnaso». El hecho de que el poema no se titula  Nocturno con lirios sino Al oír a Delios[8] en la puerta del camposanto no le molesta en absoluto a Cribbe, quien guarda cuidadosamente la carta tras darle unos soplidos para quitar la caspa. Pronto está reuniendo su obra poética para editar, misericordia, un libro: La rueca y el ruiseñor, con dedicatoria a «Clem Sowerby, asiduo labrador en los Jardines de las Hespérides».

 

El libro sale, y atrae alguna atención favorable, sobre todo en Middlesex, y Sowerby, cuya modestia no le permite firmar la reseña en vista de tan gratificante dedicatoria, la firma bajo otro nombre. «Este joven poeta» -afirma-, «no es demasiado ‘modernista’ –afortunadamente- como para negarle el debido respeto a la ilustre fuente de su inspiración. Cribbe llegará lejos».

 

Entonces Cribbe vuelve a la editorial, y se negocia un contrato según el cual los señores Punto y Ciento se comprometen a publicar su último volumen, a condición de que tengan la primera opción de compra de las próximas nueve novelas que escriba. También se las ingenia para que le contraten como lector eventual de manuscritos para Editorial Punto y Ciento, y regresa a casa con un paquete de libros que incluye El desarrollo del Movimiento Oxford en Finlandia, escrito por un militar retirado que reside en las montañas Cotswold, tres tragedias en verso blanco en torno a la vida de María Estuardo, y una novela con el prometedor título de Mañana, Jennifer.

 

Pues bien, resulta que Cribbe, antes de celebrar el contrato, no ha pensado nunca en escribir una novela. Sin embargo, y a pesar de su incapacidad para distinguir un individuo de otro –las personas, para él, constituyen una masa gris y uniforme desprovista de todo interés, exceptuando a los famosos y sus superiores departamentales-; de que todo lo que digan o hagan los demás le trae sin cuidado, a excepción de lo tocante en su propia carrera; y de que su poder de invención es equiparable al de un conejito de indias que se ejercita en una ruedita, se sienta, se arremanga, se llena la pipa de buena picadura, y empieza a estudiar la mejor manera, sin andar con medias tintas, de alcanzar el éxito como escritor de ficción. Pronto cae en la cuenta que de novelas duras con títulos como Lo tengo merecido o Tres al cuarto sólo salen ventas rápidas y reputaciones efímeras; otro tanto pasa con las novelas proletarias sobre un buscavidas barriobajero y su conversión al materialismo dialéctico, posiblemente con títulos como También la lluvia roja caerá sobre ti, Alf; y con novelas posiblemente con títulos como Melodía en la hierba, que van de tipos oscuros con leves cojeras y nombres como Dirk Conway, y de su amor por dos mujeres: la sensual matahombres Ursula Mountclare y la pequeña y retraída Fay Waters. Pronto capta que sólo ventas minúsculas y reseñas en las más sofisticadas revistas mensuales de tirada limitada, resultarán de la autoría de un libro como El zodiac interno, por G.H.Q[9]. Bidet: una despiadada disección de los conflictos ideológicos surgidos a raíz de las relaciones entre Philip Armour, físico renombrado y sexualmente impotente, Tristram Wolf, escultor bisexual que trabaja con la madera teca, y la virginal pero dinámica esposa criolla de Philip, Titania, catedrática especializada en la política económica de los Balcanes, y cómo estos personajes tan sensibilizados –tan evocadores, como son, de la época pos-sartrera- crean una profunda síntesis mediante su interacción en el trabajo que, en aras de la Unidad, los tres realizan en una clínica de la UNESCO.

Sin ningún pelo de tonto, Cribbe ve claramente, ya en los primeros tientos del genero, mientras avanza con guantes y mascarilla por sus marismas más infectas, que si uno se propone escribir una novela, debe olvidarse del sensacionalismo y ocuparse de temas agradables, convencionales y sobre todo rentables. Tales como, para poner un ejemplo, la historia de una dinastía textil de Lancashire: los nacimientos, educación social y sentimental, altibajos financieros, vaivenes conyugales y muertes de una familia a lo largo de cinco generaciones[10]. Comprende de inmediato que esta novela debe presentarse en forma de trilogía, y cada entrega deberá llevar un título sólido y sustancial, por ejemplo Urdimbre, Trama, y Telar. De modo que pone manos a la obra.

De las críticas hechas sobre la primera novela de Cribbe, hay algo para todos los gustos: «Aquí encontramos el arte del escritor en sumo grado, unido a caracterizaciones impecables»; «uno llega a acostumbrarse tanto a George Steadiman[11], a su mujer Muriel, al viejo Tobias Matlock (delicioso personaje secundario) y a todos los habitantes de Casa Telar, como a su propia familia». «Tan inglés como la lluvia». «Tenaz como un buldog». «Una historia que pudiera haber salido de la pluma de la propia Phyllis Bottome».

Gracias al éxito de la novela, Cribbe es aceptado como socio del Club Tintero, dando una ponencia sobre «la tierra del joven Brett Young[12]»; publica críticas regulares en las que pone por los cielos a cada otra novela que le mandan («una prosa luminosa»), e invita a todo quisque con pretensiones novelísticas a cenar con él en el Club Lacayo, al que acaba de salir elegido miembro.

Con la aparición de la trilogía entera, el avance de Cribbe es ya tan imparable como  la peste: ocupa un sillón en el comité del Tintero; asiste a actos conmemorativos para literatos que, por primera vez en cincuenta años, están realmente muertos; rompe el primer contrato y se escribe otro; saca una nueva novela que sale elegida por la Sociedad de Lectores; Punto y Ciento le ofrece un puesto «en calidad de asesor», el cual acepta, y abandona el funcionariado para comprar una casita rural en Buckinghamshire («Parece imposible que estemos a tan sólo treinta millas de Londres, ¿verdad? ¡Eh, mire usted! ¡Un somorgujo!» - dice señalando a un estornino); y contrata a una nueva secretaria, con quien posteriormente se casa por su buen hacer mecanográfico. ¿La Poesía? Quizás un soneto de vez en cuando para el Sunday Times, y a intervalos cada vez más espaciados una pequeña colección de versos («mi verdadera pasión, ya saben»). Pero ya no le interesa tanto, si bien ha sido la clave de su éxito. Y por qué había de interesarle, pues ¡nuestro hombre ha llegado!

 

Y ahora debemos dejarle a Cribbe para analizar la suerte de otro poeta de índole muy distinta, a quien llamaremos Cedric[13]. Para seguirle los pasos a Cedric (y a él le encantaría que alguien lo hiciera, pero usted tranquilo porque nunca jamás llamaría a la policía - a menos que se tratara de ese agente tan fascinante y siniestro como un El Greco, que a veces frecuenta la plaza Mecklenburgh-) hace falta entrar en los oscuros ambientes de la clase media, o asistir a alguno de los colegios de rigor (que uno debe odiar a muerte, pues lo esencial es que, desde el principio, los demás no le comprendan), y llegar a la universidad con una reputación de poeta en ciernes ya establecida y con aspecto, si fuera posible, entre oficial de la Guarda Real y querida de fotógrafo de moda. Puede que pregunten ustedes: «pero, ¿cómo puede ser que un novato empiece su trayectoria con la reputación ya establecida como ‘poeta a observar’?» (Es posible que esto de observar a los poetas sea en el futuro una actividad tan popular como lo es ahora observar los pajaritos. Y resulta perfectamente razonable imaginarse las oficinas del Poetastro declaradas espacio protegido). Pero la respuesta queda fuera del ámbito de estas observaciones, que a la fuerza no pueden ser más que generales. De cualquier modo, debemos partir del supuesto de que todo el que pretende hacer de la Poesía una carrera será capaz de apañarse unos versos cuando la ocasión así lo requiere. Además, el preceptor de Cedric en el internado fue amigo íntimo del director. De modo que ahí le tenemos a Cedric, conocido ya por una selecta minoría de refinado gusto a cuenta de sus poemas exquisitos sobre cuerpos dorados y frondosidades rutilantes como joyas al sol, sobre la ambrosía del primer y tímido beso entre las finas tracerías de las cavernas de la luna (en realidad, el trastero del colegio); está en la antesala de la fama, con el mundo postrado a sus pies cual una fila de delirantes aficionados al ballet ante uno de sus ídolos saltarines.

 De tratarse de los años veinte, su primer volumen de poemas – publicado cuando aún es estudiante universitario – se titularía posiblemente Áspides y Laúdes. El poeta expresaría una nostalgia por una forma de vivir que nunca existió; sentiría todo el peso del mundo encima (una vez vio el mundo desde la ventanilla del tren: parecía pesadísimo). Se esmeraría en elaborar una mezcolanza chillona, un mejunje evocador guisado a base de la astucia y de unos ingredientes cosechados del trabajo de la Sitwell y los Sacheverell[14] y demás. El resultado recuerda un caótico invernadero, rebosante de vegetación exótica y ornamentación barata en el estilo cómico-erótico, como demuestran estas líneas típicas:

 

Sobre palacios bermejos, se derrama una cornucopia

De falos en arabescos y almibarados rigodones;

En los harenes las odaliscas de pechos como peras

Recogen esta lluvia de plátanos coronados con cerezas

Y bailan zarabandas bajo una luna de frambuesa.

 

Luego, después de una riña melodramática con las autoridades universitarias, se esfuma en la Clave de Azul[15] – ya encumbrado en el éxito.

Si de los años treinta se tratara, su libro bien podría titularse: Faros, le advierto, y obedecería a uno de dos esquemas: o sería de ritmos largos, laxos y lánguidos, con caídas suspirantes y versos cargados de conciencia social:

 

Tras la incesante fiscalización del invierno conspirador

Sometiendo a su escrutinio la historia trágica de cada rama robada

¡Mirad! ¡La eclosión triunfante! ¡La Primavera, alegre como una procesión de trabajadores

Al recién abierto gimnasio!

¡Contemplad! ¡El pleno empleo de las flores!

 

O abundarían atrevidas expresiones coloquiales y del argot, guiños a canciones populares, coplitas de Kipling, un blues acecinado:

 

Somos la buena gente

De esta urbe repelente

Sé a dónde vamos pero de dónde salimos lo ignoro

Muchacho te lo juro

No es cosa de ponerse chulo

Tener una bomba bajo el culo.

 

¡Concienciación social! Esa era la consigna. Entre sorbitos de un rico café («Adrián prepara el mejor café de toda esta isla de patanes». «Dígame, Rodney, pero ¿de dónde saca usted estos pastelitos tan deliciosos?» «Es un secreto». «Uuyy, pero cuénteme... Yo a cambio le doy esa receta especial que trajo ese coronel amigo de Basil de Ceilán. Lleva tres libras de mantequilla y un mango») hablaría de veranear en un sitio «dónde haya realmente vida. O sea, pues, como auténtico. Como el Valle Rhondda[16] o algo así. O sea, yo sé que allí podría sentirme realmente enfocado. O sea, que aquí se siente uno tan estancado. Libros y más libros. Lo que importa es la gente. O sea, que uno debe ir a conocer a los mineros». Y va y pasa el verano con Reggie en Bonn. Dicha estancia da lugar a un volumen de chácharas político-viajeras, cuya promesa inicial queda ampliamente realizada cuando, años más tarde, asume el cargo de Secretario Literario del CIALP (Consejo Internacional de las Artes y Letras del Porvenir).

Si escribiera Cedric en la década de los cuarenta, se vería engullido, por así decirlo, por un vendaval apocalíptico; pero lejos de cejar, aprieta los dientes y sigue en sus Treece[17]. En fin, Cedric sabe mezclar metáforas y revolcarse en tópicos, y tras poner a remojar su trasnochado simbolismo en leche fermentada de burra, acaba logrando un simplismo y una melosidad que nada tienen que envidiar a lo mejor del género. Títulos posibles para su primer Volumen incluyen Macrocosmo plañidero y Heliogábalo[18] en el Pentecostés;

El próximo paso es a Londres y las reseñas críticas – que realizará él, obviamente, sobre el trabajo de otros-. Se trata de una actividad fácil, si es que uno lo hace lo suficientemente mal, y bien remunerado, si es que porfía. El vocabulario que debe manejar el crítico aplicado y sin escrúpulos es limitado. Recursos como tendencia, huelga decir, impacto, empaste, conciencia, ‘zeitgeist’, esfera de influencia, audenesco, Yeats tardío, periodo de transición, constructivismo y esquemático, cuando sabia y económicamente empleados, aceleran apreciablemente la contundente e inapelable negación de toda una vida de trabajo realizado por cualquier poeta hecho y derecho. Las reglas principales son pocas y fáciles de recordar: cuando, por ejemplo, se debe escribir una reseña sobre dos libros de versos con estilos completamente dispares, hay que enfrentar el uno al otro como si se hubieran escrito en estricta competición. El siguiente ejemplo demuestra la utilidad de esta técnica, que tanto tiempo y trabajo ahorra: «Tras disfrutar con las estructuras poéticas del señor A., tan sutiles,  económicas e integradas como para merecer el calificativo de epigramáticas, encontramos que la extensa y sonora narrativa heroica del señor B., a pesar de su riqueza textual y acompasados ritmos composicionales, se nos antoja algo insustancial».

El crítico, al comenzar, ha de tomar una decisión muy meditada sobre qué poeta piensa apadrinar, y tal decisión, naturalmente, tiene muy poco que ver con la calidad de su poesía. Se trata de utilizar al artista como medio de avance personal; el crítico lo convierte en propiedad particular, se lo patenta, crea con él un negocio. En las críticas sobre otros, cualquier pretexto sirve para sacar el nombre del valido a colación: «El señor E. es, desgraciadamente, un poeta muy dado a las fanfarronadas (a diferencia de Hector Whistle)». «Mientras leemos las traducciones del Sr. D., tan admirables por su erudición, nos topamos con algún que otro pasaje pedestre, lo que despierta nuestra sed del frescor intelectual y arte consumado de Hector Whistle». Pero al poeta hay que escogerlo con debida precaución; no sea que uno se meta en coto privado. Primero hay que preguntarse: «¿será Hector Whistle pieza cobrada por otro cazador?»

Antes de abrir la boca, uno debe leer todas las críticas hechas sobre los libros que piensa analizar. Se incluyen citas de los poemas sólo si se anda escaso de tiempo: el tema central de una crítica siempre debe ser quien la escribe. Otra regla de oro es que no hay que meterse nunca con los poetas con poco talento y mucho dinero, porque el camino de crítico literario a director de revista literaria no es muy largo, y si entre sus múltiples defectos no se cuentan los de la tacañería o la residencia en Estados Unidos, es posible que un poeta incompetente, rico y ofendido, adelante el dinero necesario para que su adversario lo recorra.

Volvamos ahora a Cedric. Supongamos que, como resultado de comparar los versos de un poeta joven y rico a los de Auden, para detrimento de Auden, Cedric es ahora director de una flamante revista literaria. Puede que le hayan dado también un apartamento; si no, deberá exigir la provisión de oficinas espaciosas, para poder irse a vivir en ellas. El primer problema que tiene Cedric, es cómo llamar la dichosa revista. No es tarea fácil, porque la mayoría de los nombres que no significan nada en absoluto –una de las claves para el éxito del nuevo proyecto- han sido empleados: Horizonte, Polémica, Cosecha, Simiente, Transición, Venga tu reino, Enfoque, Panorama, Acento, Apocalipsis, Arena, Circo, Cronos, Hitos, Viento y Lluvia. Todos usados. ¿Se imaginan a Cedric en su agitación mental? ‘Vacío’, ‘Volcán’, ‘Limbo’,  ‘Jalón’, ‘Necesidad’, ‘Erupción’, ‘Útero’, ‘Sismógrafo’, ‘Vulcano’, ‘Gnosis’, ‘Cisma’, ‘Data’, ‘Pira’. ¡Aja! Ya lo tiene: ‘Claroscuro’. El resto es fácil, sólo hay que seleccionar las contribuciones.

Ahora echemos un vistazo rápido a otros métodos para sacar partida de la poesía.

Primero, la razia provincial, o adelante Rimbaud que estoy detrás tuyo. No se puede recomendar esta técnica sin algunas reservas, pues es esencial que quien pretenda probarla reúna ciertas condiciones. Efectivamente, antes de caer cual un obús sobre los centros de actividad literaria (es decir, para los jóvenes, los bares de rigor, mientras que para los mayores hay primero los apartamentos de rigor, y, luego, los clubes de rigor) la fuerza creativa del poeta debe haber tomado cuerpo (la cabeza es lo de menos) en unos versos salvajes e incomprensibles.  Como antes he comentado, a mí no me compete explicar cómo se logra escribir estas torpes y rimbombantes desvariaciones. Sin embargo, Hart Crane[19] descubrió que cuando escuchaba a Sibelius en estado de embriaguez, era capaz de componer como un energúmeno. Un amigo mío, que desde los ocho años viene sufriendo terribles jaquecas, lo encuentra tan fácil que incluso tiene que escribirse mensajes a sí mismo, recordándose que de vez en cuando debe desempuñar la pluma.

Obviamente, este tipo de poeta ha de tener una sed de caballo, la constitución de un roble, energías ilimitadas, una presunción prodigiosa, una total ausencia de escrúpulos, y una desfachatez que quita el aliento. Y, sobre todo –pues a esto se le debe dar la máxima importancia- un hogar en las provincias al que volver cuando ya no aguanta el ritmo frenético que su imagen le exige[20].

Respecto a las categorías restantes, me temo que sólo puedo ofrecer un resumen muy breve.

En cuanto al poeta que escribe porque simplemente quiere escribir, sin que le importe demasiado si le publican o no; que puede soportar la pobreza y una total falta de reconocimiento durante su vida, aquí no se puede decir nada relevante. Este hombre no entiende de negocios: de la Posteridad no se come.

 

A continuación les informo sobre otras actividades, de cuyo ejercicio me apresuro a disuadirles:

Composición de limericks.[21] Mercado enorme. Remuneración escasa o nula.

Versos para meter dentro de las galletas. Empleo estacional.

Poesías para niños. Esto mata a autores y a lectores por igual.

Notas necrológicas en verso. Sólo clásicos; absténganse neófitos.

La poesía como instrumento de chantaje (por aburrimiento). Peligroso. La víctima podría responder leyendo en voz alta su tragedia sin terminar sobre la vida de San Bernardo: «La petaca».

 

Y por último: Escribir coplas en las paredes de los baños. La recompensa que aporta es puramente sicológica.

Gracias.

___________________________________

traducción y notas  © V.J. Stevenson, 2002.

 

 

 

 

 



[1] Theodore Watts-Dunton (1832-1914). Poeta y novelista inglés. Su obra se caracteriza por una visión romántica y mística del amor, expresada a través del simbolismo; la raza gitana le fascinaba y varios personajes gitanos aparecen en su ficción, incluyendo su mayor éxito, la novela Alwyn, que cuenta la lucha del héroe epónimo para vencer el maleficio que le separa de su amada. Tr.

[2] Charles Morgan (1894-1958). Novelista y dramaturgo inglés. Su obra más conocida es una novela, The Fountain [La fuente].

[3] La referencia al dúo cinematográfico parece un tanto fuera de lugar, pero el contexto literario hace pensar en otro de apellido Hardy: el célebre poeta y novelista inglés Thomas (1840-1928). Entonces la yuxtaposición de las dos figuras -escritor romántico y melancólico, y humorista sensible y llorón- está muy a tono con el sarcasmo y burla del ensayo.

[4] The great wen [«la gran verruga»] Nombre despectivo, ahora en desuso, para la ciudad de Londres. Tr.

[5] Como ya se ha señalado, en este particular la carrera de Thomas siguió una trayectoria parecida.

[6] Héroe predilecto de la diosa agraria Demeter, quien le enseñó a sembrar el trigo.

[7] El apellido Cribbe sí existe, pero su elección aquí no parece casual pues el sustantivo coloquial crib, de idéntica pronunciación, significa ‘plagio’ o ‘texto plagiado’. También denominaba las traducciones estudiantiles de textos clásicos que utilizaban otros alumnos para mejorar su comprensión de los originales. Tr.

[8] Uno de los nombres-atributos de Apolo, dios del sol y señor de las musas.

[9] G.H.Q. es la abreviatura universal de General Headquarters [cuartel general]. Tr.

[10] El patrón descrito recuerda a ciertas series novelísticas como The Forsyte Saga, de John Galsworthy (1867-1933), o The Barsetshire Chronicles de Anthony Trollope (1815-1882). Tr.

[11] Amalgama de steady [tranquilo, firme, centrado] y man. Tr.

[12] Francis Brett Young (1884 – 1954). Novelista y poeta ingles, oriundo del condado de Worcester, conocido por  su estilo decoroso y nostalgia rural. Tr.

[13] En la sociedad británica, a algunos nombres masculinos –como Cyril, Cecil y aquí, Cedric - se les asocia una imagen de homosexual afeminado. La razón más probable es que las sibilantes permiten burlas con la pronunciación ceceante que comúnmente se le atribuye a dicho estereotipo. Tr.

[14] Dame Edith Sitwell (1887-1964) poeta inglesa conocida por sus versos satíricos, y sus hermanos Sir Osbert Sacheverell (1892-1969), cuentista y ensayista, y Sir Sacheverell (1897- 1975), biógrafo y crítico literario. (Según el Bloomsbury Dictionary of Biographical Quotations, la propia Edith Sitwell describió a Thomas como «un retrato del joven Sileno pintado por Rubens»). Tr.

[15]Referencia al poeta inglés John Addington Symonds (1840-1893), conocido literario y homosexual victoriano. Publicó en 1893 bajo dicho título (en inglés: In the Key of Blue) una antología poética que recogió varias de sus loas a la belleza y erotismo masculinos. Tr.

[16]Importante centro minero (carbón) del país de Gales. Tr.

[17] Referencia a Henry Treece (1911-1966), poeta inglés y fundador, en los años treinta, del movimiento poético denominado apocalíptico. El original juega con el parecido fonético entre Treece y trees, con un guiño al refrán to not see the forest for the trees (los árboles no dejan ver el bosque). Tr.

[18] Marco Aurelio Antonino (204-222), emperador de Roma (218-222). Se tomó el nombre de Heliogábalo (tmb. Elagábal) en honor a El Gabal, el dios fenicio del sol cuyo culto pretendió establecer. Reconocido como uno de los más depravados emperadores en la historia del imperio, gustaba de vestirse como mujer y adoptar el rol de esposa o incluso prostituta para sus amantes, quienes eran mayormente esclavos escogidos por su físico. Murió asesinado.  Tr.

[19] Harold (Hart) Crane (1899-1932). Poeta norteamericano cuya obra trataba los temas asociados con la vida moderna y urbanística. Nació en una ciudad rural de Ohio, y a la edad de 17 años fue a vivir en Nueva York, donde empezó a moverse entre las principales figuras contemporáneas, como e.e. cummings. Alcohólico, homosexual y depresivo, se suicidó saltando de la cubierta del barco que le llevaba de regreso a Nueva York desde México, donde en 1931 había intentado escaparse de sus problemas para poder escribir. Tr.

[20] Descripción que, según sus detractores,  muy bien podría aplicarse al propio Thomas. Como es sabido, tampoco aguantó el ritmo que su feroz alcoholismo le imponía, y murió en otro centro de la vida artística (Nueva York), lejos de su tierra natal de Gales. Tr.

[21] Un limerick es un pequeño poema humorístico, que juega generalmente con tópicos absurdos o arriesgados. En su forma clásica consiste de cinco líneas, con rima aabba y una estructura métrica de tres pies en las líneas 1, 2 y 5, dos en las líneas 3 y 4, con esquema prosódico yambo-anapesto-(yambo). Se trata de un tipo de verso coloquial y tradicional, y por tanto de composición y transmisión casi exclusivamente orales, aunque algunos conocidos han llegado a publicarse. El más conocido exponente del género fue el pintor y humorista inglés Edward Lear (1812-88), que lo popularizó y legitimó con su libro Book of Nonsense [Un libro de tonterías] (1846). Aún así, los mejores limericks siguen siendo anónimos y procaces, inventados generalmente para ridiculizar los hábitos o pretensiones de personajes importantes. Tr.