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En la introducción a la pequeña recopilación ‘Everyman’ de la prosa y poesía de Shelley que poseo, y de la he sacado el siguiente fragmento, se cuenta una anécdota interesante. Como es sabido, este gran impulsor del movimiento romántico murió ahogado en aguas italianas, tras insistir en seguir navegando su velero en medio de una tormenta; recuperado el cuerpo, sus compañeros construyeron una pira en la playa, de acuerdo con las tradiciones heroicas y con el romanticismo exagerado de su círculo. Resulta que las llamas no consumieron todos los restos del poeta, y uno de sus amigos, un tal Trelawney, pudo salvar lo que él creía ser el corazón. Hubo después una pugna indecorosa entre Mary, la mujer de Shelley y célebre creadora de Frankenstein, y Leigh Hunt, uno de los íntimos de la pareja, por la posesión de esta reliquia. Ganó Mary, y se cuenta que ella la guardó bajo su almohada, dentro de un ejemplar de Adonais (el gran lamento que Shelley escribió a la muerte de Keats). Sin embargo, la opinión médica dice ahora que probablemente el órgano en cuestión no fuera el corazón, sino el hígado, lo cual es curioso puesto que los buitres mandados por Zeus cada día a atormentar al Prometeo encadenado, le comían precisamente el hígado. Resulta irónica, pues, la casualidad de que la novelista que escribió el Prometeo moderno durmiera, sin saberlo, con el hígado de su marido.

Como se sabe, Prometeo estaba dotado de la inmortalidad, y seguía vivo para que las aves carroñeras siguieran atormentándole; Shelley, que murió con tan sólo 30 años, es también inmortal – con o sin hígado - gracias a su extraordinaria producción poética. Sin embargo, el Shelley prosista es poco conocido (al igual que el Shelley traductor, de Goethe entre otros), lo cual es injusto porque escribe con elegancia y acertada precisión, y es por eso que he querido presentar el presente ensayo (asumo, como siempre, responsabilidad por cualquier defecto que se aprecie como consecuencia de la traducción). El suegro del poeta, William Godwin, era utopista e influyó mucho en el pensamiento de su yerno; en su obra, Shelley refleja las ideas del liberalismo romántico de su tiempo, el clasicismo, la pasión por la naturaleza y las grandes causas, el amor libre, la exaltación de los sentidos y los sentimientos, y - aquí - el horror que siente el esteta aristocrático frente al materialismo burgués. Shelley era un chico consentido que vivió a expensas de sus padres y de sus amantes - a las que ponía alegremente los cuernos si se le presentaba la oportunidad - pero, deficiencias personales aparte, ¿no hay cierta resonancia entre lo que describe aquí, y la globalización y la mercadocracia que vivimos?

V. Stevenson, julio 2002

Percy Bysshe Shelley

Sobre una perspectiva filosófica del Reformismo [fragmento]

La consecuencia de este comercio (esto es, el esquema moderno de los créditos públicos) [se refiere al mercado de valores - Tr.] ha sido el establecimiento de una nueva aristocracia, que tiene su fundamento en el fraude al igual que la antigua tiene el suyo en la fuerza. Los terratenientes hereditarios en Inglaterra debían sus privilegios a las concesiones reales; son feudos otorgados por conquistadores, o terrenos eclesiásticos, o posesiones compradas a estos personajes… (…)

Ahora que el uso ha consagrado la distorsión de la palabra aristocracia por encima de su sentido primitivo, permítaseme que emplee dicha palabra en su acepción corriente, la cual denomina a aquel estamento de la sociedad que ostenta un derecho sobre el trabajo de los demás, sin que éste le obligue a dedicar a su vez labor alguna al bien común. Esta clase de personas, cuya existencia constituye una prodigiosa anomalía en el sistema social, es desde siempre una parte inseparable de él. En la práctica, empero, nunca nos hemos esforzado por llegar a ningún modelo de sociedad política construida sobre la igualdad, por lo menos dentro de este complicado entramado de la vida moderna; la humanidad parece que acepta, sin reservas y como condición necesaria de la imbecilidad de su voluntad y razón, la existencia de una aristocracia.

Con respecto a esta imbecilidad, ha sido sin duda el instrumento de grandes avances sociales, si bien hubieran sido mayores los que mediante un repartimiento equitativo de lo bueno y lo malo de esta vida se produjeran. El objetivo, por ende, de toda legislación iluminada, así como de su administración, es el de circunscribir a esta clase de zánganos dentro de los más estrechos límites que sean practicables; el efecto de la política financiera de los actuales mandatarios en Inglaterra ha sido que los zánganos se multipliquen y prosperen. En lugar de una sola aristocracia - a cual condición los amigos de la justicia y de la libertad, dado el estado actual de la vida humana, estamos preparados a suscribirnos como a un mal menor – nos han proporcionado dos.

La primera está compuesta por los grandes terratenientes y mercaderes, quienes reciben las riquezas de nuestro país y las intercambian con las riquezas de otros; esto, sabiendo que todas las grandes comunidades siempre lo han tolerado, lo toleramos. A sus integrantes van asociadas cierta generosidad y refinamiento de modales y opiniones que, si bien no constituyen ni filosofía ni virtud, han llegado a aceptarse como sustituto de las mismas, conformando una especie de religión que confiere respetabilidad a los venerables apellidos de los que la profesan. La segunda es una aristocracia de abogados y recaudadores de impuestos, de directores y funcionarios, de usureros, especuladores y banqueros provinciales, todos con sus descendientes y dependientes. Son éstos un hatajo de miserables y desgraciados, en cuyas actividades no hay nada que requiera el ejercicio - incluso de manera distorsionada – de las facultades más majestuosas del alma.

Aunque todo es, al fondo, puro embuste, hay una cierta magnificencia en el caballeresco desdén que muestra hacia la infamia un gentleman. En el trato honrado y directo del acaudalado hombre de negocios se aprecia una cualidad - hasta que uno acierta ver la falsedad en que se basa toda inigualdad – a la que difícilmente niega la imaginación su respeto. Y como suele ocurrir, los primeros en dejarse engañar por el fraude son los propios instrumentos de él, por lo que podemos perdonarles al mercader y al hacendado rural su convicción de que su existencia va necesariamente ligada a la permanencia de las fórmulas más practicables para la estabilidad social.

Pero en las vidas y costumbres de esta nueva aristocracia, surgida de las crecientes calamidades del pueblo y cuya existencia ha de ser determinada por su eliminación, no hay nada que pueda mitigar nuestro desprecio. Comen, beben, y duermen, y en los intervalos entre estas acciones, realizadas con la ceremonia y acompañamientos más absurdos, se retuercen las manos y mienten. Envilecen la literatura de su época al exigir de los libros que leen o la antítesis de su propia mediocridad, o bien aquellos idealismos lo suficientemente estúpidos e inarmoniosos como para excitar sus torpes imaginaciones. Sus esperanzas y temores son de lo mas limitados que imaginarse pueda; su afectividad es débil y limitada al entorno doméstico. Conciben de todo comercio con sus semejantes como un medio, y nunca como un fin: un medio para la consecución del provecho individual en sus aspectos más rastreros. (...)

Traducción © V.J. Stevenson 2002.

Título original On a Philosophical View of Reform (Ensayo sin terminar ¿1819-20?).

Fragmento; recogido en:

Percy Bysshe Shelley: Poems and Prose. Timothy Webb Ed.. (Everyman, 1995). pp. 178 – 179.